Abstract
Since my early childhood in the 1990s, I heard about climate change, but it was during my college years in the late 2000s that I learned more deeply about the subject. However, never in my wildest dreams did I imagine that my path would lead me to witness its devastating effects so closely. This article brings together reflections from multiple trips and field expeditions to four glaciers in the northern Andes, but focuses on my experience on the Humboldt Peak glacier in Venezuela. These reflections are a critical look from the perspective of a lichen ecologist in training, but above all, from a Latin American woman who grew up in the lowlands, unaware of the wonders of our Andean mountain range. These reflections were also informed by conversations with a multitude of friends, scientists, and local communities with whom I have been fortunate enough to visit these places.
Introducción
Nací en Venezuela, pero viví 20 años en Colombia. Cuando me mudé de regreso a la capital Venezolana, a mis 24 años, tuve una extraña sensación de familiaridad. Por primera vez me sentí en casa. En medio de las peores protestas sociales de mi país, y con la mirada crítica de mis mentores académicos en Colombia, emprendí una aventura maravillosa que duró seis años. Para mí era un mundo por explorar: habiendo sido educada en Colombia, poco conocía de la geografía Venezolana o de sus especies de plantas y líquenes, y aquellas historias sobre el paso del libertador entre la nieve y el frío a través del páramo de la Sierra de la Culata eran para mí leyendas casi irreales, situándonos geográficamente en un bello país tropical donde la nieve es una fantasía lejana.
No es que desconociera de la existencia de las montañas nevadas en los Andes. Quizá nunca había apreciado su existencia hasta que inicié mis estudios de posgrado y logré trabajar activamente en el Norte de la Cordillera de los Andes. En el año 2018 visité por tercera vez Mérida, Venezuela, donde, cuenta la historia, en algún momento cayó nieve en el centro de la ciudad. En esta oportunidad mi objetivo era claro: explorar los sitios en los que haría el trabajo de campo de mi tesis de maestría, estudiando cómo algunas plantas de páramo ayudan a otros organismos a sobrevivir en uno de los ambientes más limitantes, y aun así más diversos del mundo. Los ecólogos llaman facilitación a este tipo de interacción biológica, y mi motivación era la curiosidad personal de comprender cómo especies tolerantes a las condiciones de la alta montaña, como los líquenes, eran afectadas por la presencia de estas plantas facilitadoras.
Una soleada mañana merideña desperté muy temprano, como de costumbre, y mientras trabajaba vi el sol despertar a un lado de la cordillera. Con estos primeros rayos del sol logré ver una mancha blanca muy pequeña cerca a la cima de la montaña más alta que podía ver desde mi habitación. Más tarde ese día, entre la curiosidad, la emoción y, a decir verdad, mi extensa ignorancia sobre la geografía venezolana, le pregunté a mi amiga Cherry, con quién me hospedaba por esos días: “¿Es eso nieve?” A lo que ella respondió: “Sí, ese es el pico Bolívar, y hace algunos años el glaciar aún existía, pero ya es historia.”
El Pico Bolívar es la montaña más alta de Venezuela, a casi 5000 m sobre el nivel del mar. Por azar o geomorfología, el glaciar que cubrió su cima por miles de años se había reducido a una pequeña mancha casi imperceptible (Ramírez et al., 2020). Su glaciar había muerto antes que yo fuera consciente de su existencia. Aquella mancha blanca se desvaneció en los meses posteriores, para no regresar más que en forma de la nieve efímera que viste de blanco la cordillera intermitentemente durante el año.
Días después caminábamos con un grupo de estudiantes aproximadamente a 4750 m sobre el nivel del mar, explorando la cara sur de la Sierra Nevada de Mérida, la cual debe su nombre a los ahora inexistentes picos nevados. Maravillada por la altura a la que estábamos, tan alto que podía ver las nubes a nuestros pies, pude divisar a lo lejos otra mancha blanca, contrastante con un cielo del azul más puro (Figura 1). Dirigí mi mirada de nuevo hacia mi amiga, quien respondió a la pregunta que yo aún no había formulado, pero que mis ojos gritaron en silencio al divisar aquella montaña lejana: “Ese es el pico Humboldt, el último glaciar que nos queda.” El último glaciar de Venezuela, agonizante, me miraba desde lejos. En el momento en que lo vi por primera vez, el glaciar del pico Humboldt había perdido el 99 por ciento de su masa, algo que sucedió en sólo 100 años, y se esperaba que en unas pocas décadas desapareciera por completo (Ramírez et al., 2020).

Pico Humboldt visto desde los alrededores del Pico Espejo, Febrero del 2018 (Foto de la autora).
Fue entonces cuando comprendí que había llegado muy tarde a esas tierras Andinas llenas de magia. O quizá no. Empecé entonces a aprender sobre los glaciares tropicales y la masiva crisis climática, ya ampliamente conocida, que los amenaza cada día. Los Andes tropicales, en su majestuosidad, estaban perdiendo muy aceleradamente los improbables mantos de hielo que cobijaban sus cumbres (Ceballos et al., 2006; Ramírez et al., 2020; Vuille et al., 2003; Vuille et al., 2008). De la mano de mis mentores en Venezuela, empecé a comprender la complejidad de las casusas y consecuencias de la desaparición de los glaciares en ese país y en el Norte de los Andes (Vuille et al., 2018; Vuille et al., 2008), así como la importancia de estudiar qué sucede después que un glaciar desaparece. Con esto nació el anhelo de quizá llegar a conocerlo antes que se fuera para siempre. Así fue como a inicios del año 2019, ya en el proceso de terminar mi tesis de maestría, me embarqué en la aventura de estudiar, junto con otros siete científicos venezolanos, cómo la vida se abre paso en el rocoso desierto que rodea lo que quedaba del último glaciar venezolano (Llambí et al., 2021). El mayor honor que jamás he tenido y que creo jamás superaré.
El primer y último encuentro
Nuestra primera expedición hacia el pico Humboldt se hizo realidad en Junio del 2019. Trabajamos por más de una semana en las zonas bajas del pico Humboldt, donde la vida se ha encargado de formar un ecosistema paramuno de incontrastable belleza en solo un siglo. Sí, a veces la naturaleza actúa rápido. Pero debido a nuestra apretada agenda de trabajo, llegar hasta el borde del glaciar no fue posible sino hasta nuestra segunda expedición. La mañana antes de partir a nuestra última expedición en Diciembre de 2019, justo antes de unirme al tumultoso y ruidoso grupo de científicos, estaba enviando mi aplicación al doctorado en Ecología, Evolución y Comportamiento de la Universidad de Minnesota. Era una sensación extraña. Pensar en una posibilidad tan remota y distante de mudarme a miles de kilómetros de casa, mientras sabía que unas horas más tarde iba a estar en camino a mi última expedición al remoto y distante Pico Humboldt. “Al menos he experimentado el frío paramuno,” pensé, “Minnesota no puede ser tan diferente.” ¡Vaya que estaba equivocada!
Habiendo visitado ese mismo lugar unos meses atrás, una experiencia en la que temí por mi vida en un par de oportunidades, sabía que el camino no sería fácil. Pero esta vez era diferente. Mi corazón se aceleraba con cada paso, más que por la altura, por la posibilidad de ver de cerca a mi gigante blanco: aquel glaciar que pasó de ser una fantasía a una realidad, aquella montaña mágica que me relataría los secretos escondidos en las rocas que en algún momento de la historia estuvieron cubiertas por hielo. Tras un viaje de tres días, de los cuales dos de ellos fueron estrictamente caminando sobre valles y ascendiendo morrenas, ahí, confundiéndose con las nubes estaba él: blanco, pequeño, cada vez más pequeño (Figura 2). Después de llegar al campamento base en el Valle de la Laguna Verde, la voz se corrió: “Mañana el equipo de plantas ascenderá al glaciar.” Por fin mi anhelo de ver el glaciar de cerca no sería un sueño, nunca más.

Glaciar del Humboldt, Diciembre del 2019 (Foto de la autora).
A la mañana siguiente desperté más temprano de lo habitual, quizá con un poco de ansiedad, para poner en orden mi equipo de campo y todo lo necesario para nuestro día de trabajo en las cercanías del glaciar. Sabía que ascender no sería fácil, pero la anticipación de tan anhelado encuentro sobrepasaba cualquier incertidumbre o preocupación. Partimos del campamento base cuando el sol empezaba a calentar el viento frío de la montaña. Cuando sobrepasamos la altura que alcancé en la primera expedición, aquella sensación de extraña familiaridad que experimenté al regresar a Venezuela me abordó de nuevo. Nunca había recorrido esos senderos, pero cada paso, cada pared de roca, cada liquen y cada escalón parecían contar una historia que yo ya conocía, aún sin haberla escuchado jamás.
En mi cabeza todo empezó a adquirir sentido: las rocas rojizas colonizadas por líquenes y musgos en los costados del camino hablaban de los cientos de años desde que vieron la luz por primera vez después de perder el frío cobijo blanco. Pero las inertes rocas grises frente a la lengua glaciar parecían apenas despertar de un sueño profundo después de siglos o miles de años latentes bajo el hielo. Esto me llevó a pensar en lo curioso de la terminología científica y cómo la palabra colonización se usa, en ecología, para describir el proceso de llegada y establecimiento de un organismo en un sustrato disponible. Esta colonización de organismos transforma los recursos que la montaña les provee en alimento y nutrientes utilizables por otros organismos que se aventuran a estas cumbres. Este mismo término, sin embargo, ha sido utilizado por generaciones para minimizar la salvaje opresión y violento exterminio de los pueblos nativos de estas tierras mágicas andinas.
Reflexioné también sobre cómo un concepto tan simple como la colaboración cercana entre organismos, aquello que los ecólogos llaman simbiosis, puede dar origen a algo tan simple y maravilloso como un liquen. Mucho más que la suma de sus partes —hongo y alga o cianobacteria—, los líquenes crecen humildemente sobre las rocas, desencadenando una miríada de procesos que decenas o cientos de años después permitirán a las plantas con flores cubrir con un manto multicolor las laderas de lo que alguna vez fue solo hielo. Me pregunté si el mundo sería más justo y pacífico si todos fuéramos un poco más como los líquenes y viéramos en el otro un aliado y no un competidor.
Embebida en mis reflexiones silenciosas no noté que quién estaba delante de mí se detuvo: “¡Llegamos!” exclamó. Y nuestros ojos, los del glaciar y los míos, se encontraron (Figura 3).

Al borde del glaciar del Humboldt, Diciembre del 2019 (Foto de la autora).
Se que muchas personas han escalado esas laderas y que llegar al borde del glaciar no es algo necesariamente excepcional para un montañista. Pero ahí estaba yo, desde mis originarias tierras bajas, contemplando en la pureza de su esencia un trozo de hielo que quizá fue depositado ahí miles de años atrás, cuando nuestra especie aún no había si quiera soñado con pisar estas mágicas tierras. Pensar en esa posibilidad hacía aún más hermosa su abrumadora forma, perfecta y lisa. Continué contemplando el glaciar, estática sobre una roca en medio de la nieve, cubriendo con mi mano derecha parte de mis ojos, porque la radiación reflejada por la pureza de su color blanco me cegaba incluso a través de mis lentes de sol.
En una mezcla de emoción y fatiga ocular producida por el exceso de radiación, lágrimas aparecieron en mis ojos, las cuales limpié rápidamente para contemplar el camino recorrido. Fue en ese instante cuando comprendí que todo lo que he hecho en mi vida, todas las decisiones que tomé en el pasado, con más desaciertos que aciertos, me llevaron a ese momento, a ese lugar. Ese lugar se convirtió en parte de mi vida y mi identidad de una manera tan profunda que incluso hoy, después de todos estos años y tan lejos como podría estar de él, sigue moviendo mi espíritu hacia oportunidades cada vez más maravillosas. Es curioso cómo algo tan simple como un trozo de hielo te hace reflexionar sobre la vida misma y la fragilidad de nuestro planeta. Aunque es, sin duda, mucho más que hielo: es la motivación que encuentro cada día para entender el mundo en el que vivimos, aquello que me ayudó a encontrar mi misión en la vida y lo que me motiva a poner mis habilidades al servicio de aquellos que tienen el poder de hacer de éste un mundo mejor.
La despedida
Así transcurrieron varios días de trabajo en la lengua de retroceso glaciar. No era fácil ascender, pero sólo tenía que levantar la mirada y ver el glaciar blanco e imponente para recordarme porqué estaba ahí. Recuerdo con mucha claridad nuestro último día de trabajo: con un clima paramuno típico —frío y nublado— y muchos días de cansancio acumulado en nuestras piernas y espaldas. La última parcela fue censada, y entre sonrisas y abrazos, celebramos nuestro triunfo. Regresamos al campamento base, en donde encontramos a todo un equipo esperando por nosotros: “¡Lo logramos! Hemos terminado.” Todos salieron a nuestro encuentro a celebrar que logramos obtener todos los datos que necesitábamos. Para un ecólogo de campo que trabaja en lugares remotos esta es una victoria inimaginable. Entre el júbilo del deber cumplido y la insaciable emoción latente en las conversaciones sobre lo que nuestros resultados revelarían, un pensamiento repentino me abordó: era momento de partir.
Así fue como al día siguiente emprendimos de nuevo el camino de regreso a la ciudad, una caminata que también tardaría un par de días. Desde el valle de la Laguna Verde escalamos hacia el Oeste, dirigiéndonos a una depresión entre dos picos que los montañistas de la zona llaman el paso del Chumahoma. Subir por aquellas rocosas laderas se hacía aún más extenuante después de varios días de trabajo en la montaña escalando al glaciar diariamente. Pero el peso más grande lo llevaba en el corazón: con cada paso me alejaba cada vez más del glaciar. Me detenía con frecuencia por el cansancio, pero aprovechaba esos pequeños momentos para mirar hacia la cumbre. Sabía que había un punto en ese primer tramo en el que era posible ver, por última vez, el último glaciar venezolano. Después de algunos intentos, encontré el ángulo correcto, y nos vimos el uno al otro por última vez (Figura 4). Ahí estaba él: pequeño, cada vez más imperceptible. En ese momento recordé que sólo de cerca parece gigante, tanto que te hace sentir absolutamente insignificante. Así, ambos supimos que era el momento de decir adiós. Tuve entonces el presentimiento que jamás volveríamos a vernos. Algo dentro de mí sabía que este era nuestro encuentro final.

Pico Humboldt visto desde el paso del Chumahoma, Diciembre del 2019 (Foto de la autora).
Me di la vuelta y observé el camino que esperaba nuevamente por mis pasos. Otros dos días de caminata frente a mí, aunque probablemente más fáciles que nuestro camino hacia el glaciar. Continué alejándome de mi gigante blanco. “Es un buen epílogo y algo irónico,” pensé, “aquello de abandonar las ‘nieves eternas’ del trópico por las nieves efímeras del Norte.” Ahora siento que la ironía yace en que mi glaciar fue declarado extinto en la primavera del año 2024, mientras aquí en Minnesota el invierno parece no acabar.
Observando el retroceso glaciar y sus consecuencias
Ver nuestros glaciares desaparecer se ha convertido en una constante en mi vida. Así como fui testigo de la desaparición del glaciar del pico Bolívar y el del pico Humboldt, vi desparecer el glaciar de Las Conejeras del Nevado de Santa Isabel en Colombia en el año 2023, desconectado desde hace años de su masa glaciar principal que aún respira agonizante sobre su complejo de tres cimas (Figura 5). En unos pocos meses su valle se vistió de rocas y sedimento, dejando a su paso un desierto gris, casi lunar, donde algunas especies de gramíneas empiezan a colonizar las áreas dónde hace sólo tres años estaba el glaciar.

Glaciar de Las Conejeras, Volcán Nevado de Santa Isabel, Colombia, Noviembre del 2023 (Foto de la autora).
Durante mi doctorado también he tenido la oportunidad de trabajar en montañas nevadas en las que sus glaciares se encuentran más lejos de su extinción: el legendario volcán Chimborazo y el también mágico volcán Cayambe, ambos en Ecuador. Fue aquí donde, al hablar con su gente y experimentar su magia, logré reafirmar que perder nuestros glaciares significa mucho más que un cambio en el paisaje o perder algo más que un símbolo de nuestras montañas tropicales: a veces significa perder el agua que bebemos, la deidad de nuestras comunidades nativas, o simplemente perder ese amigo que parecía estar ahí para acompañarte en tu caminata matutina al despuntar el alba. Un glaciar que se va se lleva consigo parte de nuestro corazón y nuestra identidad: nuestra profunda conexión con la magia que emana de los nevados, aquello que nos hace únicos en el mundo porque crecimos bajo el cobijo de los guardianes del espíritu de la montaña, quienes nos impulsan a valorar en mayor medida su existencia y su papel en nuestras vidas.
Quizá lo verdaderamente trágico es que muchos glaciares desaparecen en la indiferencia: me atrevería a decir que, a excepción de aquellos que han nacido y vivido cerca de las montañas, la mayoría de nuestra población no sabe de la existencia de glaciares en países como Venezuela, Colombia y Ecuador, pero aún más trágico, poco comprendemos lo que implica su desaparición.
Una de las grandes interrogantes con la que inició mi fascinación por los páramos y la alta montaña tropical es cómo la desaparición de los glaciares afecta a las poblaciones humanas nativas que están íntimamente ligadas a las dinámicas naturales de la montaña. El retroceso glaciar, sin embargo, es sólo una consecuencia del cambio climático y del aumento de las temperaturas a nivel global, lo que desencadena además cambios en los patrones de precipitación. Estos cambios afectan con mayor severidad a los sistemas montañosos tropicales, lo que afecta la obtención de recursos vitales como agua y alimento en sus comunidades nativas. Estas comunidades, sin embargo, son sólo las receptoras de los efectos nocivos de un cambio climático global inducido por la especie humana, pero en el que ellas tienen poca o ninguna responsabilidad. Esta innegable realidad me ha motivado a reflexionar sobre cómo nuestras acciones diarias, como ciudadanos del mundo moderno, afectan desproporcionadamente a aquellos que viven y dependen del páramo y sus recursos. Esta es la tragedia a la que me refiero: nuestra indiferencia o falta de conocimiento sobre los efectos de la desaparición de los glaciares tropicales son, sin duda, su mayor amenaza.
Esta motivación personal me acercó a las comunidades nativas del norte de los Andes, particularmente en Cayambe (Ecuador), quienes han habitado estas tierras por cientos o miles de años en armonía con el glaciar, la montaña y los recursos del páramo. Al lado de estas comunidades, he aprendido detalles inesperados del páramo que la ciencia occidental ha ignorado por siglos, o hechos que apenas empezamos a comprender y que hacen parte de su saber ancestral e intuición. Desde mis primeras interacciones con las comunidades nativas de Cayambe comprendí que el páramo, aún después de más de 10 años de explorar su biología, sigue siendo un enigma para mí, y en cada visita sus comunidades me enseñan algo nuevo y maravilloso sobre estos ecosistemas.
Debido a su estrecha relación con la montaña, y como resultado de vivir directamente las consecuencias de estos cambios sin precedentes, las comunidades nativas de los Andes deberían ser consideradas como la autoridad en la comprensión de los efectos de estos cambios en los páramos y en las estrategias de recuperación de estos ecosistemas. Sin embargo, ignorar sus voces es una práctica común en los espacios académicos y gubernamentales, mientras que científicos foráneos son quienes dan las directrices en estos casos. Después de tres años de visitas intermitentes a Cayambe junto con mis mentores y colegas de la Universidad de Minnesota, estoy convencida que es a ellos, a nuestras comunidades nativas, a quiénes debemos escuchar: a aquellos que han vivido la montaña por miles de años y que, incluso considerando los efectos del colonialismo y del acelerado mundo moderno, siguen trabajando cada día por reconstruir un mundo en el que todos seamos parte de la sanación de nuestro planeta.
Sin duda, esta experiencia ha sido transformadora. Ahora mi motivación no es comprender los efectos del cambio climático sobre las comunidades nativas de los Andes, sino que se transformó en encontrar mi lugar en esta historia, en cómo reinventar el papel de quienes fuimos educados bajo el sistema de la ciencia occidental. Aunque sea controversial en nuestros espacios académicos, creo firmemente que, como científicos de la naturaleza en un mundo rápidamente cambiante, nuestra responsabilidad yace en identificar las líneas de acción que podemos apoyar para co-crear con estas comunidades nativas el mundo en el que ellas y sus nuevas generaciones merecen vivir: un mundo en el que sus voces sean escuchadas y valoradas.
La vida después del retroceso glaciar
Perder un glaciar produce un luto especial en quienes tuvimos el honor de vivir las montañas nevadas Andinas. Sin embargo, como ecóloga en formación, mi tristeza se desvanece al pensar que una vez el glaciar se va, la vida se abre paso entre la roca inerte formando, pieza por pieza, nuevos ecosistemas. En ecología este proceso es llamado sucesión primaria (Walker & Del Moral, 2011). Las características de estos nuevos ecosistemas montanos son, sin embargo, inciertas, pues el cambio climático no sólo amenaza nuestros glaciares tropicales sino también a las formas únicas de vida que poco a poco se extinguen de sus cumbres. Sin tener pisos térmicos más altos a los cuales migrar, las especies endémicas de la alta montaña adaptadas al frío desaparecen mientras las especies de zonas bajas y adaptadas a las altas temperaturas se abren paso hacia la cima (Zimmer et al., 2018). Así, le daremos la bienvenida a una nueva vida que florece, tal vez en formas y colores que jamás hemos visto o que jamás imaginamos serían posibles. Quizá es esta incertidumbre, no saber qué vendrá después de la partida de nuestros glaciares, lo que nos paraliza y nos conduce a un limbo de desesperanza. Pero no podemos perder de vista que despedirnos de nuestros glaciares nos da la oportunidad de comprender un poco más de este mundo donde elegimos nacer, y así actuar para sanarlo.
Por mi parte sé que no viviré para ver regresar aquellos glaciares que vi extinguirse. Sé, sin embargo, que aquellas montañas viven dentro de mí, y revivirán con más fuerza cuando le relate a mi sobrina aquellas aventuras en el glaciar del pico Humboldt, como aquella vez en la que quedé suspendida en el aire cuando una ráfaga de viento me golpeó al intentar cruzar el desagüe de la Laguna Verde —¡por un momento sentí que podía volar!—. Quizá recorreremos juntas esos senderos, pero las historias que esas rocas nos susurren serán diferentes. Ahí, alrededor de la cima del pico Humboldt nos sentaremos y le mostraré aquellas rocas rojas, y las grises también. Le mostraré hasta dónde llegaba el glaciar cuando lo visité por primera vez, y aunque ella nunca logre ver con sus ojos aquel gigante blanco, sé que verá en ese paisaje la esperanza que yo sentí al verlo por primera vez: que nada es imposible si logras encontrar amor en algo tan imperceptible como un liquen colonizando las rocas que rodean el glaciar.
Footnotes
Acknowledgements
Quiero agradecer a las incontrastables montañas del norte de la cordillera de Los Andes y sus guardianes, las cuales han inspirado este escrito, mi carrera científica y mi vida personal. También quiero agradecer a las comunidades indígenas de Ecuador, quienes nos han recibido en sus montañas con afecto y respeto, y quienes han compartido con nosotros su legado y sus montañas. Quiero agradecer en particular a Don Leonardo Punina
Quiero agradecer también a los revisores anónimos y a los editores del número especial de Alter Native “Living a life that feels just right”, en especial a la Dra. Elizabeth Sumida Huaman, por sus comentarios y sugerencias, que me permitieron continuar mi proceso de reflexión incluso durante la fase editorial.
También quiero agradecer a todos los estudiantes de pregrado, posgrado, profesores y equipo científico con quién he tenido la oportunidad de hacer trabajo de campo en las montañas Andinas de Colombia, Ecuador y Venezuela.
Finalmente, quiero agradecer a todo el personal de logística, guías y personal de acompañamiento y apoyo de las múltiples expediciones y salidas de campo que inspiraron este artículo.
Nota del autor
Fondos
El autor declaró haber recibido el siguiente apoyo financiero para la investigación, autoría y publicación de este artículo: Este artículo fue inspirado por las expediciones y el trabajo de campo llevados a cabo desde Junio de 2019 hasta Enero de 2025 en Colombia, Ecuador y Venezuela. Estas expediciones y campañas de campo fueron financiadas por la National Geographic Society –NGS-55170R-19–, la National Science Foundation –EAR-1759071 y FRES-2317850–, y el proyecto Life Without Ice –financiado por la BNP Paribas Foundation y apoyado por el IRD y el INRAE.
Declaración de conflictos de intereses
El autor declaró no tener ningún potencial conflicto de intereses con respecto a la investigación, autoría y publicación de este artículo.
