Abstract

¿Puede el mundo volverse aún menos predecible y más angustiante? Por desgracia, parece que sí. Los conflictos siguen intensificándose a nivel mundial. A principios de enero, Estados Unidos decidió “dirigir” Venezuela y ahora está en guerra con Irán; las bombas israelíes continúan devastando las vidas de los palestinos en Gaza; Ucrania sigue bajo el ataque ruso, y persisten los conflictos prolongados en Yemen, en los países de África Central y en Haití, alimentados por fuerzas de gobernanza desestabilizadoras tanto externas como internas. Las consecuencias son catastróficas: desmoronan aún más la estabilidad socioeconómica, la cohesión política, la confianza cívica y los sistemas de salud y, sobre todo, perturban las vidas y la salud de las personas atrapadas en el fuego cruzado.
En el 2017, coescribimos un editorial cuando Trump asumió el cargo por primera vez y amenazó con retirar el apoyo financiero de EE. UU. a la Organización Mundial de la Salud y socavó el multilateralismo (1). Abogamos entonces por un compromiso más profundo con una auténtica cooperación Norte–Sur Global basada en el reparto equitativo del poder, del conocimiento y de los recursos, y por un pensamiento interseccional para promover la justicia social, garantizando que no se quede nadie atrás, especialmente los más marginados estructuralmente. En el 2025, Estados Unidos cumplió sus amenazas al presentar su Estrategia de Salud Global ‘America First’, lo que supuso un cambio decisivo en su enfoque de la gobernanza sanitaria mundial y los mecanismos de financiación (2).
Mientras tanto, una década después de la ambiciosa adopción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas en el 2015, que renovaron las promesas globales de desarrollo y bienestar para todos, nos enfrentamos ahora a una cruda realidad. Gobiernos nacionalistas y encerrados en sí mismos en diversas regiones del mundo han erigido muros contra la equidad, la diversidad y la inclusión social, haciendo retroceder los avances tan duramente conseguidos en materia de derechos reproductivos y a la salud de las mujeres, los derechos de las minorías sexuales y de género, los de los inmigrantes y los refugiados, entre otros. Se han intensificado los ataques contra la libertad académica y las universidades, en particular aquellas que defienden la equidad y la justicia social. La salud mundial está siendo atacada desde todos los frentes. El desmantelamiento brutal de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), que cesó oficialmente sus operaciones en julio del 2025 y canceló más del 80 % de sus programas, los recortes de financiación del Plan Presidencial de Emergencia para el Alivio del Sida (PEPFAR), que han dejado a cientos de miles de personas sin los tratamientos y servicios vitales de prevención del VIH, y la reducción de los compromisos de EE. UU. con el Fondo Mundial, tienen efectos de gran alcance en programas fundamentales de salud mundial y en las personas a las que apoyan (3). Estos recortes amenazan con revertir años de avances, y los estudios de modelización prevén millones de muertes evitables para el 2030 (3). Los recientes cambios en la financiación de la salud mundial por parte de los principales países donantes asestan un golpe casi fatal al sector, con el riesgo de un resurgimiento de la resistencia y un repunte de las infecciones por VIH, tuberculosis y malaria, así como un deterioro de la salud materno infantil (3,4). Al mismo tiempo, se están desmantelando programas esenciales de vigilancia y prevención en salud, lo que agrava la crisis y socava nuestra capacidad global para responder de manera eficaz (4). Hay colegas que están perdiendo sus puestos de trabajo o abandonando un sector que se ha vuelto cada vez más tóxico e insostenible, justo cuando más se necesita su experiencia y su compromiso constante.
En un clima así, podría parecer razonable adaptarse en silencio a esta “nueva normalidad”, bajar la voz y seguir adelante como si nada. Pero es precisamente porque nos negamos a aceptar esto como algo normal. Al fin y al cabo, porque nos mueve la solidaridad y un desafío basado en principios, nosotras, tres mujeres canadienses racializadas — dos investigadoras en los inicios de su carrera nacidas en el África subsahariana y una trabajadora humanitaria con amplia experiencia que se mueve en el ámbito académico, nacida en Canadá y con sede en Quebec y en Ontario —, hemos decidido redoblar esfuerzos, intelectual, emocional y físicamente, y proponer tres llamados urgentes a la acción.
En primer lugar, en este contexto de gobernanza fracturada, creciente imprevisibilidad y agravamiento de las desigualdades en los resultados sociales y de salud a escala mundial, debemos preguntarnos, como investigadoras, profesionales de la salud mundial y trabajadoras humanitarias, pero ante todo como ciudadanas, qué podemos hacer desde nuestro sector. No podemos limitarnos a quedarnos de brazos cruzados viendo cómo se desarrolla la crisis. En cambio, debemos tomar medidas para mitigar su impacto o, como mínimo, contribuir a una conversación intersectorial más amplia que impulse acciones significativas. Sostenemos que ya es hora de revitalizar la rendición pública de cuentas, ya que, como ciudadanos, hemos permitido que nuestras voces sean silenciadas. Por rendición pública de cuentas (5) entendemos la participación y el compromiso activos del público, ya sea de las comunidades, las organizaciones de la sociedad civil o las universidades, incluyéndonos a nosotros como profesionales de la salud interdisciplinarios e intersectoriales, para sacar a la luz las desigualdades e injusticias basadas en la evidencia y proponer alternativas al liderazgo, a la gobernanza y a los procesos democráticos fallidos en materia de salud mundial. Nuestro papel como parte del público debe ir más allá de la observación y la documentación pasivas. Debemos asumir nuestra responsabilidad como vigilantes, aprovechando nuestra capacidad para generar y traducir el conocimiento en una influencia decisiva en las políticas (5), incluso cuando resulte desafiante y abrumador. Esto requiere forjar alianzas estratégicas con una amplia gama de organizaciones de la sociedad civil, tanto afines como no afines, a través del Norte y el Sur Global, para amplificar nuestro impacto, desafiar el statu quoe impulsar rutas innovadoras para un cambio transformador y continuar hacia adelante (6). Cuando los países donantes recortan la financiación de la salud mundial mientras mantienen o aumentan los presupuestos militares, y cuando intervenciones que han mostrado su eficacia siguen siendo inaccesibles para millones de grupos de población vulnerable y marginada, principalmente en el Sur Global, no por falta de capacidad técnica, sino por falta de voluntad política, debemos reconocer esto como lo que es: un profundo fracaso de la rendición pública de cuentas. Como investigadores, profesionales de la salud mundial y trabajadores humanitarios, nuestro papel también es supervisar estas decisiones, sacar a la luz sus consecuencias perjudiciales y garantizar que no queden sepultadas en el silencio burocrático ni se pierdan en publicaciones que solo sirven para impulsar carreras. Concretamente, esto significa, por ejemplo, sacar a la luz y amplificar los costes humanos de las decisiones de financiación, traducir estos hallazgos a formatos públicos accesibles, decirle la verdad al poder, cocrear informes con la sociedad civil y aliados comunitarios, y conectar a las organizaciones de base con los responsables de la toma de decisiones.
En segundo lugar, partiendo de los puntos anteriores, defendemos y encarnamos la solidaridad interseccional, que se refiere a un compromiso genuino con la eliminación de “todas las formas de asimetrías de poder dentro de una coalición”, forjando alianzas auténticas, desplazando el poder y replanteando cómo concebimos, diseñamos e implementamos las iniciativas de salud mundial (7). Esto significa colaborar activamente con las comunidades más vulnerables y sus organizaciones representativas (7), al tiempo que reflexionamos críticamente sobre nuestras propias posiciones de poder y privilegio en estos sistemas (8). Nuestro objetivo debe ser situar la equidad en el centro de cada acción que emprendamos en materia de salud mundial. Una alianza equitativa no consiste en una cooperación benévola desde posiciones de privilegio, sino en una auténtica lucha conjunta con las comunidades en su pluralidad, enfrentándonos a las aristas más afiladas de las desigualdades sociales y de salud. Como investigadores y trabajadores humanitarios en el Norte Global que investigamos y abordamos cuestiones de salud mundial en el Sur Global, contamos con ventajas estructurales, acceso a financiación, plataformas y redes, aunque ahora mucho menos debido a la disminución de los compromisos internacionales con la investigación y la implementación en materia de salud mundial. Aun así, estas ventajas superan lo que suelen tener nuestros colegas del Sur Global. Aunque la solidaridad interseccional pueda parecer abrumadora, es crucial si nos tomamos en serio el logro de la equidad en salud mundial. Construir coaliciones estratégicas y fomentar alianzas equitativas, junto con la solidaridad política, requiere tiempo, perseverancia y una visión compartida. Exige que nos comprometamos en coaliciones, cultivemos la confianza a través de una acción coherente — a lo largo del tiempo — y mantengamos nuestro compromiso con el trabajo a largo plazo de transformar los sistemas. No se trata de una solución rápida, sino de un proceso intergeneracional necesario y continuo. Exige además que redefinamos críticamente el concepto de alianza, desplazando nuestro enfoque de limitarnos a “estudiar a los oprimidos” hacia el de examinar cómo nosotros, como investigadores, profesionales de la salud mundial y ciudadanos privilegiados, perpetuamos los sistemas de desigualdad (8). Escribir y publicar sobre “equidad” dista mucho de ser suficiente. Para promover la equidad en salud mundial, debemos escuchar activamente y aprender de las voces de los grupos de población en situaciones de vulnerabilidad y marginalización, que son los verdaderos expertos de sus propias realidades. Más aún, debemos movilizarnos colectivamente bajo su liderazgo, por ejemplo, en la investigación, el desarrollo de iniciativas, la promoción de políticas basadas en la evidencia o las actividades de movilización del conocimiento. Esta perspectiva puede resultar impopular entre los investigadores y los profesionales de la salud mundial, pero a menos que dirijamos la mirada hacia nosotros mismos y hacia las estructuras de poder (determinantes de la salud en las fases iniciales) que configuran los resultados de salud en las fases posteriores, nuestras palabras carecerán de acciones trascendentales y transformadoras. La verdadera praxis comienza con la rendición de cuentas ante nosotros mismos, ante las comunidades con y para las que llevamos a cabo la investigación, y ante el público.
En tercer lugar, debemos reconocer que la equidad en salud mundial es importante (9,10), y que no se trata de un idealismo utópico, sino de una necesidad pragmática (10). La COVID-19 nos enseñó que la seguridad en salud y los derechos humanos son indivisibles, que los patógenos no respetan fronteras y que descuidar los sistemas de salud y la equidad en cualquier lugar amenaza la salud en todas partes. Ahora, con el surgimiento de las enfermedades zoonóticas y el imperativo de “Una sola salud”, con el cambio climático impulsando nuevos patrones de enfermedades infecciosas y afectando estructuralmente a los sistemas sociales, socioeconómicos y ambientales a nivel mundial, la gobernanza y la equidad en salud mundial no son lujos morales, sino requisitos esenciales de supervivencia para todas las especies, más allá de los seres humanos. Sin ellas, corremos el riesgo de girar sin fin en la rueda del hámster de la salud mundial, reaccionando a las crisis sin abordar las causas subyacentes de las desigualdades. El marco de los determinantes sociales de la salud nos recuerda que las inequidades en salud no son naturales ni inevitables, son producto de decisiones políticas sobre la distribución de recursos y poder, las estructuras de gobernanza y qué vidas valoramos y cuáles no (11). La libertad a través de la solidaridad es un acto político, un retorno a la etimología más simple de la ciudadanía para los investigadores y los profesionales de la salud mundial en su diversidad. Bandara et al. (12) instan a las instituciones de salud mundial y a los educadores en salud mundial a adoptar un enfoque “verdaderamente global” y descolonial. Esto requiere rechazar el “complejo industrial del salvador blanco”, un marco que perpetúa narrativas basadas en la caridad, y cuestionar críticamente las dinámicas de poder para abordar y corregir las asimetrías arraigadas en las llamadas colaboraciones y alianzas para una salud mundial equitativa (12). La salud mundial debe ir más allá de los gestos simbólicos y centrarse en la justicia, la equidad y la transformación estructural. En medio de esta crisis, se están identificando oportunidades para un cambio sistémico. Cinco informes regionales globales coinciden en la necesidad apremiante de descentralizar el poder hacia los países y las regiones, establecer una financiación sostenible más allá de la ayuda volátil a través de fondos regionales y mecanismos de transacción globales, y ampliar las prioridades más allá de las pandemias hacia la atención primaria de salud y la equidad en salud mundial (13). Desde el punto de vista operativo, esto significa que debemos predicar con el ejemplo. De lo contrario, corremos el riesgo de socavar nuestra credibilidad como investigadores centrados en la equidad y profesionales de la salud mundial.
En conclusión, no se trata de ideales ambiciosos para un futuro más estable y equitativo. Son compromisos necesarios para hacer frente al presente fracturado. A medida que las fuerzas autoritarias desmantelan la cooperación multilateral y las agendas nacionalistas erosionan la solidaridad, los investigadores en salud mundial debemos profundizar nuestro compromiso con la equidad, no retroceder ante ella. Nuestra rebeldía basada en principios implica negarnos a normalizar la catástrofe, rechazar la tentación de refugiarnos en proyectos seguros y financiables, e insistir en que la investigación en salud mundial sirva como instrumento de justicia y no como mera documentación del sufrimiento. La tarea es desafiante, el camino incierto, pero la alternativa —la complicidad a través de la inacción — es insostenible. Elegimos redoblar nuestros esfuerzos no porque creamos que la acción individual revertirá las tendencias globales, sino porque nuestro acto colectivo de resistencia y nuestra negativa a aceptar y normalizar el statu quo podrían proteger la posibilidad de un futuro más justo. La era de reimaginar la salud mundial ha terminado. Ahora es el momento de convertir la visión en acción y hacer que el cambio se produzca.
